lunes, 6 de noviembre de 2006

Cómo se educan los hijos, II: ¡Alerta con los talleres!

Ha pasado algún tiempo, pero al fin está aquí la segunda, y no última, entrega de extractos de esa fuente de sabiduría que es Cómo se educan los hijos, por el padre Sarabia, del año 54.


¡Alerta con los talleres! (capítulo XII de la parte 6ª)

(...) Nuestro Periquillo entró de criado en un convento, donde, además de la comida y de otras muchas zarandajas, ganaba todos los días tres reales sonantes y contantes, que él entregaba, sin descontar una perra, a su padre, que harto necesitado estaba de dinero. Supo que, allá por las minas vizcaínas, los obreros ganaban tres pesetas y más diarias, y desde aquel día nuestro hombre no soñaba más que en aquellas tres o cuatro blancas que le podía ganar su Periquillo si le enviaba por allá.

¡Cuánto le dije para disuadirle de su maldita resolución! Que Periquillo iba a perder la fe; que se juntaría con malas compañías; que sería, quizá, un corrompido, un socialista, un anarquista, un presidiario; que no contara recibir de él, a la vuelta de algún tiempo, ni un céntimo...

¡Todo inútil! Periquillo marchó a las minas, y por allá anda hecho un impío, un borracho y un malvado. De sus padres sólo se acuerda para blasfemarlos. (...)

¡Pobres obreros!

(...) Hace tiempo que recorro cuencas mineras y que veo apiñados en la iglesia, en torno del misionero de Jesucristo, algunos millares de sucios y desharrapados obreros. ¿Quién no conoce su historia? Unos nacieron en un ambiente impío; a los dieciocho años eran unos malvados. Sedientos de libertad y de dinero, buscando más anchos horizontes para sus ideas revolucionarias y criminales, abandonan la casa y el pueblo, y son esos de frente audaz, de ojos de fieras, de boca de infierno, de pasiones nauseabundas; esos que gritan en los mítines, que se imponen en las fábricas, que proclaman las huelgas, que apalean a los compañeros, que atacan a la Guardia Civil, que destruyen los puentes, que cortan los telégrafos, que detienen los trenes, que turban la paz social y lleva la ruina y la pobreza a ciudades industriales.

(...) No son los más numerosos. Muchos más son los que salieron de cristiana familia y solo fueron a esos grandes centros industriales en busca de un poco de dinero. ¡Eran tan pobres!

Y helos ahí en medio de compañeros que blasfeman, que se burlan de los misterios más sagrados, que leen periódicos impíos, que cuentan anécdotas indecentes, que enseñan caricaturas obscenas, que jamás ponen los pies en la iglesia, que los invitan a tabernas inmundas, a teatruchos horribles, que los obligan a afiliarse a centros y asociaciones que les chupan los ahorros y los encadenan como presidiarios al cepo de todos los crímenes y de todos los alborotos.

¿Qué es de su fe, de su antigua honradez y del Dios de su infancia? ¿Qué se han hecho de aquellas plegarias que dirigían todos los días a la Virgen de su pueblo? Todo se ha derrumbado al golpe de la piqueta de la impiedad, como se derrumbarán un día los templos del Altísimo y los palacios de los burgueses y de los aristócratas, cuando las turbas obreras, empujados por la cólera de Dios, avancen sobre nuestra sociedad, que solo piensa en explotar a los pobres, arrancándoles el sudor de la frente y la fe y la esperanza del corazón. (...)

Un obrero santo

Aun hay entre los obreros ejemplos admirables en nuestros días.

Leamos estas líneas, que son de un obrero de París:

"Lunes: He tenido que hacer un largo trayecto con una carga pesada a las espaldas. Se lo ofrecí a la Santísima Virgen en memoria de lo que Cristo padeció llevando la cruz por mí.

Martes: He oído blasfemias contra Nuestro Señor, Jesucristo, contra el Papa y los sacerdotes. Hubo, sobre todo, un blasfemo que me causó mucha lástima. He rezado el Rosario por los blasfemos.

Miércoles: Una hora de meditación, el Rosario, una hora de silencio, dos bofetones que he recibido de un obrero, cinco padrenuestros, cinco avemarías y cinco veces la oración Acordaos."

(...) Y hay fábricas y talleres donde no entran periódicos impíos y donde todos los trabajadores comulgan varias veces al año.

Y yo he tenido el gusto de apretar la callosa mano de un obrero que llevaba al taller el misal para aprender de memoria, en los ratos de ocio, la epístola que tenía que echar el domingo en misa mayr. ¡Y vaya unos gorjeos que echaba mi hombre!

Y no ha mucho que he visto a un pelotón, ¿qué digo?, a un escuadrón de obreros llorando como niños al recordar la fe de su infancia, y alzar la voz con entereza para jurar ante un pueblo inmenso que ellos amarían y guardarían su fe hasta la muerte.

Los obradores

(...) Y aun levantaré más alta mi voz y gritaré: ¡Alerta con los obradores!

Y miles de jovencitas que, alegres como golondrinas, subían por las aceras hacia la casa de la profesora de costura se detienen, y otros miles más que, sentadas en los obradores, charlan, gritan, cosen, bordan, cortan y rasgan, clavan la aguja en la labor, y todas me miran con asombro... Las invito a una reunión solemne, y helas ahí a todas apiñadas en las naves del templo inmenso...

Y un ángel de blancas alas, rasgando las nubes, se posó sobre el altar... Las curiosas muchachas lo contemplaron maravilladas, y, ¡cosa extraña en una turba de mujeres!..., reinó sepulcral silencio. (...)

¿No salieron de vuestras manos esos vestidos provocativos que a través de sus gasas finísimas y de sus entredoses hipócritas dejan pasar el hedor de todas las concupiscencias? ¿No es en vuestros obradores donde se engalanan con libidinosa vanidad los necios idolillos que después van a caza de miradas en los paseos y en los salones? (...)

Desde que vais a los obradores todo ha cambiado en vuestra vida. ¿Pensáis que no os he visto robando dinero a vuestros padres para cargar de sedas, lazos y cintas vuestros cuerpos y no ser menos que vuestras compañeras? ¿Pensáis que no os he visto aprovechando de la libertad para engañar a vuestras madres y pasearos por las aceras, ligeras y casquivanas? ¿Pensáis que no sé y que no sabe Dios que habéis empezado a juntaros con compañías corrompidas? ¿Pensáis que nadie ha oído aquellas conversaciones infames que todos los días manchan vuestras conciencias y van lentamente empujándoos al abismo de la deshonra?

¡Ah! Los obradores, los obradores... Algunos he hallado en mi carrera que eran santuarios de inocencia y templos de oración. (...)

¡Qué pocos eran los obradores así! Los más son escollos donde naufraga la inocencia de innumerables almas; son templos de vanidad, escuelas de coquetería, vestíbulos de libertinaje, agencias de informaciones hediondas, antros de secretas maldades, focos de concupiscencias, escenarios de horribles desenvolturas, sepulcro del pudor y antesala del infierno.

Por eso, de parte de Dios, vengo a deciros: ¡Penitencia..., y alerta! (...)

1 comentario:

  1. Brutal, pero me quedare con que los obreros "...lleva la ruina y la pobreza a ciudades industriales."

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