viernes, 1 de enero de 2010

La manivela que hizo la revolución

Si hoy en día Cessnok es una zona densamente edificada de la Glasgow industrial, hace doscientos setenta y tres años habrían visto algo muy diferente. Habrían visto un pantano con una laguna de patos en el medio y unas pocas casuchas miserables en el borde. Los inquilinos de esas casuchas se ganaban la vida tejiendo gorras y bufandas para los habitantes de Glasgow que, ya entonces, no se ponían casi nada más. El dinero que daba esta industria deslomadora era penosamente escaso. La antigua Cessnok no era ni bella ni saludable. Los únicos pobladores estaban demasiado viejos o tullidos por el reuma como para irse. Y sin embargo esa aldea lóbrega y sin interés vio nacer el movimiento que los historiadores llaman La Revolución Industrial; pues allí, en mil setecientos siete, nació Vague McMenamy, inventor del cigüeñal que hizo posible esa Revolución.

Izquierda: La moderna Cessnok tras la proclamación del decreto de reducción de humos.
Derecha: La antigua Cessnok según los estudios topográficos del general Roy (1739). A representa el pantano; B, la laguna; C, la choza de los McMenamy.

No hay documentos que indiquen que Vague McMenamy tuviera padres. Al parecer vivió desde los primeros días con su abuela, alimentándose con una dieta de huevos de pato y lo que proporcionaba el tejido de la anciana. Un biógrafo alemán ha sugerido que el nombre de pila de McMenamy (Vague) era un apodo. La idea, por supuesto, es ridícula. Como bien prueba su cigüeñal, nunca existió un individuo más tenaz y lúcido que McMenamy. El erudito Herr Professor ignora de plano el hecho de que Vague es el equivalente gaélico de Alexander. No obstante hay que confesar que Vague era introvertido. Mientras otros muchachos perseguían a las chicas o se tiraban piedras él pasaba largas horas al borde de la laguna, preguntándose cómo mejorar los patos de la abuela.

Ahora bien, desde el punto de vista mecánico el pato no es una máquina eficiente, pues está diseñado para llevar a cabo tres tareas distintas y contradictorias, y por consiguiente no hace ninguna de modo notable. Vuela, pero no con la pericia de la golondrina, el buitre o el avión. Nada, pero no como la marsopa. Camina, pero no como ustedes o yo, porque tiene las patas demasiado cortas. Imaginemos un electrodoméstico diseñado para lavar alfombras, triturar patatas y remendar calcetines cada vez que se le ocurre. El pato se encuentra en una situación parecida, y por eso a la terca mente práctica de McMenamy le resultaban ofensivos los patos. Él pensaba que como los patos pasaban la mayor parte del día en el agua, debían de estar hechos para cumplir eficazmente esa actividad. Con ayuda de un amigo carpintero construyó una caja en forma de bote en el cual insertó un pato. En un extremo había un agujero por el que salía la cabeza del animal, que así podía respirar, ver e incluso comer; sin embargo, protestaba contra el encierro, luchando por escapar, y al hacerlo impulsaba con alas y patas los ejes que transmitían movimiento a sendas ruedas con palas que había a cada lado. En su viaje inaugural el pato zigzagueó por la laguna a una velocidad de treinta nudos, es decir tres veces la máxima que alcanzaban los botes y patos de la época. McMenamy había transformado una criatura de absurda versatilidad en un especialista eficiente. Todavía no había cumplido trece años.

Izquierda: Pato no perfeccionado, según la acuarela de Peter Scott.
Derecha: El Pato Perfeccionado de McMenamy.

No se detuvo allí. Si gracias al cigüeñal un pato impulsaba una embarcación al triple de la velocidad normal, ¿cuánto más rápido la impulsarían tres o diez patos? McMenamy decidió llevar el experimento lo más lejos posible. Construyó una nave para que la impulsaran los diecisiete patos de la abuela. La primera nave había sido un bote convencional de madera impelido por palas. La segunda tenía forma de cigarro y en la popa una hélice, que McMenamy no encargó al carpintero sino al herrero. Era de hierro laminado. Sin los diecisiete cuellos y cabezas asomando por los agujeros, el casco se habría confundido con un submarino moderno. Este hecho es digno de meditación. Pasarían cien años antes de que el Charlotte Dundas, el primer vapor con ruedas de palas, zarpara de Bowling y avanzara rechinando por el canal Forth and Clyde. Cincuenta años más tarde, el primer acorazado de hélice dispararía su primer cañonazo en la Guerra Civil norteamericana. En dos años la imaginación de un humilde aldeano había cubierto el terreno que en el siglo siguiente los ingenieros más famosos del mundo tardarían dos generaciones en atravesar. Vague tenía quince años cuando botó su segunda nave. Graznando histéricamente, la embarcación cruzó el estanque a tal velocidad que al momento de haber zarpado de una orilla ya chocaba con la opuesta. De haber dado en tierra, hubiera encallado. Por desgracia, chocó contra la raíz de un árbol, rebotó hasta el centro de la laguna, zozobró y se hundió. Los patos murieron todos ahogados.

Arriba: El Patotándem Mejorado de McMenamy 0,0005 segundos después de la botadura.
Abajo: El Patotándem Mejorado de McMenamy 0,05 segundos después de la botadura. (Aunque todavía no ahogados, los patos ya han muerto por el shock.)

En términos de logro humano, la patonave de McMenamy está a la altura del helicóptero de Leonardo da Vinci, diseñado cuatrocientos años antes que el motor que habría podido hacerlo volar. Económicamente, fue un desastre. Privada de sus patos, la abuela de McMenamy se vio obligada a tejer más rápido que nunca. Sentada en la mecedora, tejía y se hamacaba, se hamacaba y tejía mientras McMenamy, sentado frente a ella, pensaba obsesivamente qué hacer para ayudarla. Observó que la energía muscular con que la abuela manejaba las agujas no era mayor que aquella con que hamacaba la silla. De hecho, la abuela era una doble fuente de energía, una por encima de la cintura y otra por debajo, y sólo la fuente superior proporcionaba dinero. Si se consiguiera canalizar hacia el tejido el poder de las piernas y los pies, la abuela trabajaría al doble de velocidad, y el cigüeñal lo hacía posible. Así, McMenamy construyó el primer telar de bastidor del mundo, más tarde llamado «Abuela Tejedora de McMenamy». Desde el techo de la cocina bajaban dos agujas, de un metro de largo cada una, de manera tal que las puntas caían en el ángulo correcto. Se les transmitía el movimiento desde abajo, mediante cigüeñales unidos con bisagras a los arcos de una mecedora de hierro forjado montada sobre rieles. La abuela McMenamy, que la hamacaba frenéticamente, no tenía que usar las manos sino para dirigir los ovillos de hilo entre las complejidades del punto del derecho y el punto del revés. Cuando aquel año los McMenamy fueron a la feria ambulante de Glasgow a exponer en una carretilla sus existencias de gorras y bufandas, los tejedores más fuertes del oeste de Escocia, musculosos fornidos de treinta y treinta y cinco años se asombraron al ver que la anciana señora McMenamy había fabricado el doble que ellos.

Pero Vague tenía suficiente modestia como para saber que ese ingenio era perfeccionable. Toda mecedora tiene poder energético limitado, pues se hamaca sobre un arco muy corto. El segundo telar de McMenamy estaba impulsado por un balancín. Instaló a la abuela en un extremo, delante de las agujas. Hasta entonces Vague había evitado manejar él mismo sus inventos, pero ahora fue valientemente al otro extremo e hizo subir y bajar el astil a una velocidad tal que la abuela consiguió finalizar ochocientas noventa gorras y bufandas por semana. En la siguiente feria de Glasgow la abuela llevó al mercado tanta producción como todos los demás tejedores juntos, de modo que aun vendiendo a mitad de precio obtuvo suculentos beneficios. Los otros habitantes de Cessnock no consiguieron vender nada. Con la desesperación de los famélicos, incendiaron la casucha de los McMenamy y la maquinaria que había dentro. Vague y la abuela tuvieron que huir por el pantano, dejando que el oro duramente ganado se fundiera entre las llamas. Escaparon al burgo de Paisley, buscaron la protección del alcalde y desde entonces no tuvieron problemas.

Grabado de Shanks perteneciente al Museo de Historia Local del Palacio del Pueblo de Glasgow. Demuestra sobradamente la decadencia del medio antes del advenimiento de Bedwick. Resulta imposible saber si retrata al alcalde Coats o a la abuela de McMenamy.

En 1727 Paisley contaba, como alcalde, con un filántropo insólitamente ilustrado, sir Hector Coats. (Sin parentesco alguno con los famosos hilanderos del siglo siguiente.) Coats se sintió conmovido por la historia de McMenamy e impresionado por tanta dedicación. Dispuso que Vague supervisara la construcción de una tejeduría con no menos de veinte telares de balancín. No solo eso: empleó a Vague y su abuela para que trabajaran en uno. Durante los diez años siguientes, Vague pasó catorce horas diarias, seis días a la semana, balanceándose hacia arriba y hacia abajo en el astil, en el extremo opuesto de la mujer que lo había alimentado e inspirado. Es de lamentar que no tuviera tiempo para consagrarse a la invención científica, pero sólo le quedaban libres los domingos y sir Hector era un buen cristiano que tomaba severas medidas contra los trabajadores que infringían el Sabbath. A la edad de treinta años Vague McMenamy, agobiado por el vértigo, cayó del balancín y no volvió a levantarse nunca más. Curiosamente, su abuela le sobrevivió veintidós años, afanándose hasta el último momento en la máquina que llevaba su nombre. Sin duda, los tempranos días en la mecedora la habían preparado para ese final, pero debe de haber sido una anciana notable.

Treinta años no es una edad avanzada, y el logro de Vague se concentró en el septenio que va de los doce a los diecinueve. En ese lapso inventó el vapor de ruedas y el acorazado, asestó un golpe mortal a la industria aldeana del tejido y echó los cimientos del Comercio Textil Escocés. Cuando Arkwright, Cartwrigh, Wainright y Watt fabricaron sus respectivas máquinas, todas llevaron el cigüeñal de McMenamy. Realmente fue él la manivela que hizo posible la Revolución.


La tumba de McMenamy en Paisley High Kirk según un grabado para la edición de 1861 de la "Autoayuda" de Samuel Smiles. (En 1911 se niveló este rincón del cementerio para construir una nueva carretera.)


***

Como otros años (2007, 2008, 2009) anarroseo a alguno de los Grandes para empezar el año con algo bueno que leer. Esto de arriba es uno de los peores cuentos de Alasdair Gray, autor de maravillas como la novela "Lanark" o "Historias sobre todo inverosímiles", de donde he sacado la historia de McMenamy. Los dibujos también son suyos. Me despido con una gran, gran cita de Lanark que la wikipedia me ha recordado:
"Who did the council fight?"
"It split in two and fought itself."
"That's suicide!"
"No, ordinary behaviour. The efficient half eats the less efficient half and grows stronger. War is just a violent way of doing what half the people do calmly in peacetime: using the other half for food, heat, machinery and sexual pleasure. Man is the pie that bakes and eats himself, and the recipe is separation."
"I refuse to believe men kill each other just to make their enemies rich."
"How can men recognize their real enemies when their family, schools and work teach them to struggle with each other and to believe law and decency come from the teachers?"
"My son won't be taught that," said Lanark firmly.
"You have a son?"
"Not yet."

4 comentarios:

  1. Parece que los empresarios empezaron ya con "tendencias". Así que el tal vague murió trabajando 16 horas seguidas 6 días por semana en su propio invento para proporcionar beneficios a un fulano que se dedicaba a explotarle para poner el cazo. Si esque...

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  2. Por muchos momentos pensé que era tuyo. Aún así maravilloso XD

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  3. >>desde el punto de vista mecánico el pato no es una máquina eficiente

    ¡En este pato seguimos las leyes de la Termodinámica!!!

    Fabulosa entrada. Los patos lo mejoran todo.

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  4. N: los empresarios y su calaña son así desde el principio de los tiempos.

    Exse: es demasiado bueno como para ser mío. Lee algo de este fulano.

    Jez: si los patos lo mejoran todo, los patos optimizados ni te cuento...

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